Debo hacer una pequeña confesión. No me escondo al declararme fan incondicional de los Patriots. Una serie de azarosas casualidades me llevó a vivir en Boston en el año 2007 y quedé infectado para siempre con el espíritu del Boston Sports. Y esto, en una ciudad como Boston, no es precisamente leve. Estás infectado de forma grave. Y crónica.
Cualquiera que haya paseado por sus calles se dará cuenta que los orgullosos ciudadanos de mi querida Title Town no lucen las señas de sus equipos por moda, sino por un fuerte sentimiento de identidad. Y aunque parezca que desde el momento en que aterrizas en Logan, el peso y el legado de la dinastía de los GOAT Brady / Belichick va a dominar el atuendo de los ciudadanos de Boston, el símbolo que lo hace realmente es uno muy concreto: la B bordada en rojo de mis amados Red Sox.
Otra de las cosas de las que jamás me quejaré es del timing que el destino eligió para vivir allí. Los Pats eran imparables (aunque aquella temporada terminó de forma dolorosísima) y ya olían a dinastía perpetua, y mis Sox volverían a ganar las Series Mundiales destrozando para siempre una de las peores rachas de la historia de la MLB, la liga profesional de baseball.
La Maldición del Bambino
No dejo de pensar en lo duro que tuvo que ser para la gente de Boston el superar esta supuesta maldición que les dejó 86 años de sequía y, peor, ver cómo Babe Ruth se convertiría en leyenda con el archienemigo equipo del Bronx. Pero el tiempo todo lo cura, más todavía si te conviertes en la franquicia más ganadora de la liga en este siglo.
Esto da para relativizar, tomar distancia afectiva con este drama histórico y preguntarme tantas veces algo que a priori no sabemos si estamos en disposición de responder. ¿Tan bueno era? ¿Tanto como para que fuese bueno a día de hoy? ¿Sería Ruth capaz de batear una recta que se lanza, de media, 20 MPH más rápido que en sus tiempos?
Los románticos dirán que el talento es atemporal. Pero permitidme que, desde este rincón, ponga un poco de ciencia sobre el tapete. La realidad es que Ruth es el símbolo de una era pre-tecnológica. Un tiempo donde el físico se construía a base de intuición y genética privilegiada. Hoy, sin embargo, nos enfrentamos a una era de hipertecnificación que ha transformado el deporte en una carrera armamentística de ingeniería biológica.
Todo es cuestión de energía.
Si hoy dudamos de que Ruth pudiera simplemente tocar la bola, imaginad lo que ocurre cuando trasladamos esa evolución física, ese frenesí «tecnificador», a un deporte donde el objetivo no es golpear una pelota, sino golpear a otro ser humano.
Si comparamos un linebacker de los años 70 con uno actual, no solo vemos más músculo; vemos esta obra de ingeniería biológica. La tecnificación ha transformado el emparrillado en un laboratorio de física aplicada. El entrenamiento de fuerza, la nutrición celular y la biomecánica han llevado el cuerpo humano a límites que la evolución no tenía previstos para un deporte de colisión.
El problema no es el peso, sino la velocidad. En física, la energía cinética de un impacto se define por la fórmula:
E_c=1/2 m*v^2
Donde m es la masa y v es la velocidad. El punto más interesante es que la velocidad está elevada al cuadrado, significando que si un jugador moderno es solo un 10% más rápido que uno de hace treinta años, la energía que transfiere en el golpe no aumenta ese 10%, sino de forma exponencial. Estamos lanzando proyectiles humanos que pesan como un liniero de los 70 y que corren como un receptor de los 80. Estamos seleccionando metahumanos, gente que no debería existir desde un punto de vista meramente biológico.
Café Descafeinado
Y que conste que puedo llegar a entender a ese aficionado que desde la comodidad de su sofá opina que “cada vez la NFL es más floja” o “cada vez se permite menos” y que, acostumbrado a su café turco (“negro como el infierno, fuerte como la muerte y dulce como el amor” ) ve en esta liga un impostor descafeinado.
Pero aquí reside el núcleo de mi defensa de esa supuesta levedad del reglamento. Podemos hipertrofiar los cuádriceps, blindar las rodillas con fibras de carbono y optimizar la recuperación con cámaras hiperbáricas, pero hay algo que la evolución no ha cambiado desde antes de que se pusiera la primera piedra de Fenway Park: la resistencia estructural de los tejidos humanos.
Entiendo la nostalgia de los golpes que hacían temblar la pantalla del televisor en los 90 y 2000. Pero os aseguro que las reglas de protección, las limitaciones en los placajes y la vigilancia de las zonas de contacto no son un «ablandamiento» del juego.
Si aplicáramos el reglamento y la permisividad de cualquier época anterior a los metahumanos que hoy visten de corto, el emparrillado sería un hospital de campaña constante. La NFL ha aceptado que, para que el espectáculo continúe, la ciencia debe proteger al hombre de su propia máquina.
Boston aprendió a ganar cuando dejó de creer en fantasmas y empezó a creer en procesos.
La NFL ha hecho lo mismo: prefiere servir un café que podamos degustar durante muchos años a uno que, de un solo sorbo, nos deje con el equipo en la lista de lesionados para siempre. Al fin y al cabo, lo más grande de este deporte es que nuestros héroes puedan salir del campo por su propio pie y no llenándome La Tienda Azul donde me siento a escribir estos textos.
Tomas Villén | @Tomas_Villen
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