Los Dallas Cowboys y el estigma de la muerte de Kennedy

Los Dallas Cowboys de 1963 poco tenían que ver con aquel equipo de América en el que se convirtieron quince años después. Los Cowboys eran el equipo de football de la ciudad de Dallas tras la marcha de los Texans de Lamar Hunt a Kansas City. Muchos aficionados al fútbol americano de la ciudad afirmaban que se había ido el equipo equivocado ya que los Texans consiguieron ganar en 1962 el campeonato de la AFL y los Cowboys languidecían por la NFL con tan solo 9 victorias en sus primeros tres años de vida. No obstante, la resiliencia de los Cowboys todavía habría de vivir su episodio más heroico.

En aquellos años, ni los Cowboys ni los Texans habían conseguido consolidar el football profesional en la ciudad y no precisamente por la falta de interés en ese deporte sino porque se entendía como un deporte universitario. De esta manera, mientras los equipos profesionales se movían en unos aforos de unos veinte mil espectadores (a veces menos) en el Cotton Bowl, ese mismo recinto albergaba más de cincuenta mil almas cuando era la sede de SMU o TCU e incluso superaba los setenta mil para ver el Red River Rivalry.

De hecho, las cosas en 1963 no iban mucho mejor que las temporadas anteriores ni social ni deportivamente, aunque, en principio, en el equipo había talento suficiente como para competir en un estatus superior y, además, ya solo quedaba un único equipo profesional en la ciudad.

La realidad era que los Cowboys acababan de ganar a los Eagles en Dallas para poner su tercera victoria en el casillero y confiaban en empezar una remontada que les dejara a final de temporada con un récord digno.

La liga afrontaba su recta final y dos días antes de un encuentro crítico para las aspiraciones texanas en Cleveland, John Fitzgerald Kennedy visitaría Dallas en un ambiente demasiado tenso y polarizado. Aun así, los líderes locales no querían que ocurriera ningún incidente embarazoso que dejara la ciudad en una mala situación.

Lo cierto es que, al menos, un centenar de miles de personas estaba en las calles para homenajear al presidente e incluso el gobernador de Texas, John Connally, le comentó a Kennedy, proféticamente, algo así como: -no tendrá queja de la acogida de la ciudad. El resto de la historia todos la conocen.

 

Foto: Wikipedia Commons

La ciudad del odio

La sociología de Dallas en los inicios de la década de 1960 era bastante complicada. Por una parte, existía una fuerte segregación racial, que hasta los jugadores de los Cowboys tenían que vivir en sus propias carnes. Dallas era una ciudad conservadora donde los valores más rancios y ajados seguían vigentes, por ejemplo, el juego, el alcohol e incluso los espectáculos deportivos en domingo, el día del Señor, estaban mal vistos. No obstante, era pura fachada ya que todas esas actividades no estaban erradicadas sino simplemente desterradas a ciertas zonas de la ciudad.

Por otra parte, Dallas era una ciudad en fuerte crecimiento y desarrollo. Muchas empresas se instalaron en Dallas porque creían que el territorio era estratégico ya que estaba a tres horas de avión (en aquella época) de todas las grandes ciudades del país. Además, había un fuerte tejido comercial y logístico y, en ese sentido, la ciudad era moderna y cosmopolita.

La economía había desplazado a muchos antiguos minifundistas agrícolas a otros territorios, pero también había traído consigo la llegada de nuevos pobladores de todas las ciudades del país, tanto de la costa este como de la costa oeste.

Sin olvidar el petróleo. Tanto el propietario de los Cowboys, Clint Murchison Jr., como el de los Texans, Lamar Hunt, eran magnates del petróleo. No obstante, la industria petrolera solo era la base de sus negocios. Gracias al oro negro, sus padres habían levantado sus imperios, pero ellos habían diversificado sus inversiones.

La sociología estadounidense está muy ligada al luteranismo calvinista, es una de sus bases. Lo que lleva a entender que el dinero, conseguido mediante el trabajo, es una bendición divina. Dios premia a los que quiere y, por ello, la religión es muy permisiva con aquellos que lo detentan.

De esta manera, aunque toda esa actividad comercial, cosmopolita y moderna, en principio, era diametralmente opuesta al ideal humano imperante en la ciudad, curiosamente, en Dallas ni se integraron ni se fusionaron, pero convivieron armónicamente. La ciudad toleró a sus estrafalarios magnates, ese puñado de esnobs adinerados, y hasta se identificó con ellos, pero sin renunciar a sus “valores” morales conservadores y primitivos.

En el fondo, ambos se aliaron en contra de un enemigo común: las políticas social democráticas y la defensa de los derechos civiles de la administración Kennedy.

El presidente de los EE. UU. estaba plantando batalla fiscalmente a las grandes fortunas texanas y, al mismo tiempo, estaba siendo implacable en la defensa de los derechos civiles y la lucha contra la segregación. Todo ello, no le convertía en el personaje más apreciado de la ciudad cuando se anunció su viaje. No obstante, JFK sí que gozaba de muchas simpatías y seguidores en Dallas y, además, las autoridades habían advertido que no tolerarían incidentes y hablaban en serio. Dallas no quería proyectar esa imagen.

El asesinato de Kennedy generó un fuerte rechazo de la sociedad estadounidense hacia la ciudad y las gentes de Dallas, pero, en el fondo, fue muy injusto. Por una parte porque, obviamente, no existe la responsabilidad colectiva: los ciudadanos de Dallas no mataron a Kennedy y, fundamentalmente, porque los valores morales de la ciudad, aunque arcaicos y desfasados, no eran tan asfixiantes ni perversos como se quiso hacer ver.

Lo cierto es que Dallas, en contraste con lo sucedido en otros territorios del sur, fue un territorio bastante pacífico. Es cierto que el asesinato de Kennedy fue un punto de inflexión en algunas cuestiones. Dallas cambió a su alcalde por un personaje mucho más moderado, cosmopolita y refinado: J. Erik Jonsson, que ni siquiera era texano sino nacido en Brooklyn.

Por otra parte, el todopoderoso Consejo de Ciudadanos de Dallas resolvió casi siempre eficazmente toda chispa de enfrentamiento racial entendiendo que si la integración tenía que llegar lo mejor era que lo hiciera pacíficamente. En este sentido, incluso los propios Cowboys apelaron por el fin de la segregación en hoteles y restaurantes ya que si los jugadores competían unidos también debían permanecer unidos fuera del campo. De hecho, algunos establecimientos de la ciudad fueron pioneros en esas políticas pese a la oposición y las presiones recibidas desde otras capitales del sur.

Aun así, América necesitaba un culpable y Dallas fue el blanco perfecto. Se generó un discurso televisivo sesgado en el que se quiso señalar a Dallas como la ciudad del odio, a sus dirigentes como fanáticos y a sus habitantes como incultos y violentos. En el corto plazo cualquier intento de compunción era en vano, la ciudad tardó varios años en conseguir limpiar su imagen y acabar con el estigma.

 

 

Los Cowboys preparaban el partido de Cleveland

Los Cowboys estaban entrenando en sus instalaciones del noreste de Dallas, cerca de Yale Boulevard, y el ambiente era tranquilo. Pocos confiaban en que el equipo pudiera ganar a los Browns e incluso, algunos medios, apostaban a que Landry podría salir del equipo tras una nueva temporada decepcionante. Además, los viernes eran días de entrenamiento suave y de distensión al final de la semana, antes del encuentro dominical.

Obviamente la noticia del día era la llegada de Kennedy. Algunos jugadores bromeaban sobre la posibilidad de haber suspendido el entrenamiento y haberse sumado a la comitiva de bienvenida; otros especulaban con la posibilidad de que hubiera algún disturbio e, incluso, según algunas fuentes, alguno soltaba algún improperio contra el presidente.

De repente, el preparador físico Clint Houy salió corriendo del vestuario y llegó hasta Landry: -“¡Le han disparado a Kennedy! ¡Le han disparado a Kennedy!”, a partir de ahí, todo se volvió una locura.

Los jugadores se quedaron aturdidos por la noticia y aunque Landry quiso seguir con el entrenamiento parecía del todo imposible retomar cualquier actividad. No se hablaba de otra cosa y nadie estaba ni concentrado ni motivado. Al poco rato, empezaron a oírse las sirenas de los coches de la policía que pasaban a toda velocidad junto al campo de entrenamiento.

El entrenamiento estaba a punto de suspenderse. Los jugadores solo querían saber qué había pasado y si Kennedy sobreviviría o no. Nadie daba crédito a lo sucedido.

 

Foto de Tom Landry. Fuente: Lone Star Flight Museum

El error de Pete Rozelle

Aproximadamente una hora después del tiroteo se anunció la muerte de Kennedy a todo el país. El ambiente era desolador, la gente lloraba, las tiendas cerraron y Broadway quedó a oscuras. Se declaró el lunes 25 de noviembre como día de luto nacional. El país necesitaba hacer duelo ante un magnicidio de estas características.

La AFL canceló sus partidos programados para el domingo. Sin embargo, el comisionado de la NFL, Pete Rozelle anunció que sus partidos se jugarían a pesar de que estaban canceladas todas las transmisiones televisivas deportivas para que las cadenas pudieran emitir el cortejo fúnebre y los servicios religiosos de Kennedy en el Capitolio.

La noticia conmocionó a las franquicias. Nadie quería jugar. Rozelle recibió las quejas de todos los equipos, pero especialmente del propietario de los Cleveland Browns, Art Modell, el equipo que debía recibir a los Dallas Cowboys. El equipo de la ciudad que mató a Kennedy. Al menos, ese era el sentir de la gente.

Pete Rozelle había sido compañero de universidad del secretario de prensa de JFK, Pierre Salinger, y éste último le había dicho a Rozelle que el presidente habría querido que se jugaran los partidos.

Por lo tanto, a pesar de la oposición de los equipos y, especialmente, de los jugadores el comisionado decidió que se jugaran todos los partidos mediante un escueto comunicado de prensa: “En el deporte, es tradición que los atletas compitan en momentos de gran tragedia personal. El fútbol americano era la pasión del Sr. Kennedy. Le encantaba la competición”.

El mismo día que el ataúd con los restos de Kennedy salía del Love Field de Dallas en el Air Force One para su vuelo de regreso a Washington, los jugadores y entrenadores de los Cowboys tomaron su propio avión en el mismo aeropuerto y volaron a Ohio para jugar un partido que ninguno de ellos quería jugar.

 

 

El recibimiento en Ohio

El primer gesto que delató a los Cowboys cómo estaban las cosas en Cleveland fue su llegada al hotel. Lo habitual es que un enjambre de botones se hubiera arrojado animosamente hacia los equipajes del equipo, pero nadie se movió. Los lacayos del hotel simplemente les daban la espalda con frialdad, sin querer saber nada. Los jugadores, técnicos y utilleros descargaron sus propias maletas y las llevaron a sus habitaciones.

La gélida recepción provocó un cierto nerviosismo entre los jugadores. Lo normal habría sido salir todos juntos a cenar, pero Tom Landry les dijo que se separaran en grupos pequeños, intentaran pasar desapercibidos y no se alejaran mucho del hotel. – “Salgan a cenar si quieren, pero no digan que son de Dallas”, era la consigna recibida desde la dirección del hotel. La sensación era de bochorno, perplejidad y vergüenza.

Los jugadores quizás no eran conscientes de todo lo acontecido en aquellas horas. Todas las televisiones del país llevaban horas de emisiones en las que se cargaban las tintas contra la ciudad de Dallas y sus homicidas ciudadanos. La detención de Lee Harvey Oswald era una simple anécdota porque la población estadounidense culpó del asesinato a la ciudad donde había ocurrido.

Los Cowboys recibieron una bienvenida hostil, pero no porque fueran los rivales de los Browns, sino por la ciudad que representaban. «Éramos el equipo de Dallas, Texas«, explicó el linebacker novato Lee Roy Jordan. «Estábamos relacionados con el asesinato del presidente de los Estados Unidos«.

De hecho, hasta la directiva de los Browns recibió amenazas. Si permitían que los Cowboys jugaran el domingo debían atenerse a las consecuencias.  En esas circunstancias tuvieron que prepararse los jugadores para vestirse de uniforme y jugar al fútbol al día siguiente.

El propietario de los Browns, Art Modell, percibió el ambiente hostil que se esperaba el domingo e intentó convencer a Rozelle de que cancelara todos los partidos. – «Confía en mí. No juegues esos malditos partidos«.

Aun así, ante la negativa del comisionado, empezó a tomar medidas preventivas. Lo primero fue intensificar la presencia policial para proteger a los jugadores. Ese día, además, se iba a rendir un homenaje al receptor Ray Renfro, que se retiraba del football activo. Obviamente, el protagonismo debía ser para JFK y hubo que llamar al jugador para posponerlo. Por último, Art Modell, le indicó al locutor del partido que nunca usara la palabra «Dallas» durante la retransmisión. Simplemente son «los Cowboys».

 

Foto de Art Modell. Fuente: www.dawgsbynature.com

Y llegó el domingo

El domingo amaneció con las mismas sensaciones con las que finalizó el día anterior. Nadie, en ninguno de los dos equipos, tenía ganas de jugar. Los jugadores eran ajenos a las tácticas y los aficionados permanecían sumidos en una profunda tristeza. Pettis Norman, ala cerrada de los Cowboys, lo describió a la perfección:   – «Ya no éramos jugadores de fútbol. Éramos personas que intentábamos comprender qué estaba pasando en el mundo«.

Había unos 55.000 espectadores en el estadio. No era la mejor entrada de la temporada ya que algunos aficionados habían considerado demasiado frívolo ir al football en esas circunstancias, no obstante, era una buena entrada. Pese a todo, el ambiente se asemejaba más a una misa que a un partido de fútbol americano. Mientras los Cowboys realizaban sus rutinas de calentamiento en el campo, el estadio estaba extrañamente silencioso, pero cuando los Cowboys se retiraron al túnel de vestuarios, los aficionados estallaron en insultos e improperios y la consigna predominante era: -“Dallas go home”.

Nos consideraban asesinos, habíamos matado al presidente”, rememoraba Pettis Norman. “Fue increíble. Simplemente no podía creerlo”.

Incluso algunos jugadores de los Browns compraron el populista discurso imperante y también culparon a Dallas por la muerte de Kennedy y así lo manifestaron. Y, aun así, las cosas se iban a poner peor.

En el vestuario, mientras se debía explicar el plan de juego y dar las últimas consignas, una noticia interrumpió toda preparación posible. Jack Ruby, propietario de un club nocturno de Dallas, que frecuentaban algunos jugadores, había disparado mortalmente a Lee Harvey Oswald en el sótano de la comisaría de policía de Dallas. A todos se les hizo un nudo en la garganta. Jack Ruby era un tipo grimoso y sórdido, un personaje de baja estofa que inexplicablemente había disparado contra el asesino de Kennedy con el único propósito de que este no declarara.

En vez de hablar del partido, Eddie Le Baron, exmarine y héroe de guerra les indicó a sus compañeros que sería mejor no quitarse el casco ni las parkas de invierno durante todo el partido. Había miedo a recibir algún botellazo o el impacto de cualquier otro tipo de proyectil y la consigna era acertada ya que durante el partido volaron diversos objetos a la banda de los Cowboys.

 

Foto del partido. Fuente: res.cloudinary.com

El match

En un partido tan anómalo, nada seguía el protocolo habitual y eso desorientó del todo a los atletas. No hubo presentación de jugadores ni ninguna señal que hiciera saber a los Cowboys cuando debían saltar al campo, por ello lo hicieron cuando lo consideraron apropiado, pero en el preciso instante en que se estaba rindiendo homenaje al presidente asesinado. Cuatro oficiales uniformados, marchando en formación reglamentada, portaban la bandera a media asta y el único sonido que se oía era el de los pasos de los oficiales, hasta que los Cowboys lo interrumpieron.

Al instante, el ambiente se tornó más hostil si cabe y los 55.096 espectadores empezaron a gruñir y abuchear a los Cowboys.  –“Ahí estábamos”, dijo Meredith, “con las estrellitas en nuestros cascos”.

Los jugadores de los boys recuerdan que jugar ese partido fue un esfuerzo verdaderamente espantoso. Un partido apático, patético y extraño en el que los jugadores, en plena aprensión, estaban más preocupados de lo que sucedía en las gradas que de lo que sucedía en el emparrillado.

Ese 24 de noviembre los Browns ganaron a los Cowboys por 27 a 17 aunque el partido en sí era anecdótico. El público estaba tan ausente como los jugadores y había un inusual silencio que solo se rompía para llamar “asesino” a alguno de los jugadores visitantes.

No obstante, todo cambió cuando Frank Ryan completó un pase de touchdown de 11 yardas a Gary Collins en el primer cuarto. La multitud rugió y era como si hubiera regresado la normalidad, recordaba el quarterback suplente de los Cowboys, Eddie Le Baron.

El partido fue, sin duda, muy malo. Ninguno de los dos mariscales de campo llegó a un 50% de pases completados y hubo hasta 9 pérdidas de balón, aun así, los Browns llegaron al último cuarto con una ventaja ridícula de solo tres puntos: 13-10.

Cleveland era mucho mejor equipo que Dallas, de hecho, ya los habían masacrado esa misma temporada en el Cotton Bowl, no obstante, Jim Brown, posiblemente el mejor jugador del equipo, solo logró 51 yardas en aquel partido. Al final de temporada terminaría con un récord de 1863 yardas.

En el fondo, el partido lo perdió Dallas por dos intercepciones de Don Meredith en el último cuarto que los Browns convirtieron en anotaciones. Sin duda, el partido de Don Meredith fue para olvidar: 13 de 30 pases para 93 yardas, sin touchdowns y con cuatro intercepciones.

Con 13 a 10, en el último cuarto y con los Cowboys al ataque, Ross Fichtner interceptó un pase de Meredith y corrió 36 yardas hasta la zona de anotación, en la que resultó ser la jugada decisiva del partido.

Foto de Jim Brown. Fuente: dawgsbynature.com

El epílogo

Los Dallas Cowboys salieron muy tocados de ese partido. A la semana siguiente debían recibir a los Giants y la prensa de Nueva York se desplazó en masa para continuar con el relato de siempre. Los Cowboys se dejaron remontar un 27-14, al descanso, tras encajar un parcial de 20 a 0 en la segunda mitad en otro horrible partido de su mariscal de campo. Después del juego, en las calles de Nueva York se recordaba el resultado: «Gigants, 34; Asesinos, 27».

Durante bastante tiempo, no nos sentimos bienvenidos en todo Estados Unidos, sin importar dónde jugáramos”, recordaba Pettis Norman años después.

Incluso, algún que otro jugador de los Cowboys comentó que durante sus vacaciones habían tenido conflictos como consecuencia de su procedencia.

Los líderes de la ciudad se esforzaron por mejorar la reputación de Dallas, pero fueron los Cowboys -con jugadores carismáticos, animadoras deslumbrantes, partidos de acción de gracias y, finalmente, una sólida racha ganadora- quienes trasformaron la imagen de Dallas. Aunque eso es ya otra historia.

The Cowboys and JFK – No Day For Games: A Look Back on the Weekend of the JFK Assassination

 

Billie Donarly | @Donarly74