Los Bengals de Schrödinger

En 1935, el físico austríaco Erwin Schrödinger concibió un experimento imaginario para exponer una interpretación de mecánica cuántica. El ensayo consistía en encerrar a un gato en una caja donde estaría expuesto a un veneno con una probabilidad del 50% de activarse. Por tanto, sin abrir la caja para comprobarlo, existirían las mismas posibilidades de que el felino estuviese vivo como de que hubiera fallecido. Es decir, según los principios de la física cuántica, se daría la hipotética circunstancia de que el felino estaría muerto y vivo a la vez. Es lo que se conoce como paradoja del gato de Schrödinger.

Independientemente de que un servidor, como defensor de los animales, preferiría que el tal Schrödinger se hubiese metido él mismo en tan siniestra caja en vez de someter al experimento a un inocente minino, creo que las deducciones del mismo se pueden aplicar a los Cincinnati Bengals. Las matemáticas no les descartan aún para playoffs, por lo que estarían vivos. Sin embargo, tanto su lamentable juego, como las circunstancias que rodean al equipo, conducen a pensar que están definitivamente muertos.

Un comienzo ilusionante

Paradójicamente, los Bengals no empezaron mal. Su balance inicial de 4-1 les permitió situarse en cabeza de la división durante varias jornadas. El gato de Schrödinger estaba más vivo que nunca. Dalton era feliz con su tridente Mixon-Eifert-Green.

 

Sin embargo, estos tres estiletes sólo coincidieron en dos partidos. Como si un gato negro se les hubiera cruzado, primero causó baja el corredor durante un par de encuentros. Después cayó el tight-end para todo el año. Y en la última jornada, el wide-receiver el resto de la temporada, tras perderse tres citas con anterioridad. Ahora mismo, ni siquiera el pelirrojo quarterback forma parte ya de la plantilla activa tras su paso por el quirófano para corregir una lesión en el pulgar de la mano de lanzar.

 

El gato empieza a dar síntomas de malestar

Cuando un equipo entra en descomposición, son múltiples las causas que pueden atribuírsele. Obviamente, las lesiones es una de ellas, aunque quizá este hecho pueda eclipsar otros factores subyacentes. Mala gestión en offseason, pésima preparación física y táctica, incapacidad estratégica y anímica para revertir una situación negativa… La negra oscuridad de la derrota envuelve todo y es difícil discernir la razón fundamental. En la noche, todos los gatos son pardos.

 

Normalmente se suele apuntar al quarterback cuando la trayectoria de un equipo empieza a torcerse. Sin embargo, no se puede culpar a Dalton de ser el máximo responsable. Sus números, que nunca serán espectaculares, no diferían mucho de lo mostrado en otras campañas en las que acabó llevando al equipo a playoffs.

 

Sustituir al QB es la solución estándar de malos entrenadores y planificadores. Seguramente Dalton no vaya a guiar jamás a los Bengals a una Super Bowl, pero no tengo nada claro que otro pueda hacerlo. Sin el apoyo de una directiva que realmente invierta todo el capital posible en reforzar el equipo, y de un cuerpo técnico donde prime la calidad y no el amiguismo, llegue quien llegue, encontrará idénticas dificultades.

 

Además, nada garantiza que la solución sea mejor que el problema. El draft es tenebroso y alberga horrores. Te pueden dar gato por liebre, y acabar en un bucle de búsqueda infinita de QB-franquicia mientras el equipo se arrastra por los sótanos de la NFL.

 

El gato agoniza

El ataque, y sus problemas (lesiones, playcall plano y predecible, desprecio de la carrera, reticencia a cambios por falta de alternativas o confianza en los jóvenes) es sólo la mitad de la enfermedad. En defensa, jugadores y coordinador defensivo se llevaban como el perro y el gato. La disputa acabó con el despido de éste último. El propio head-coach tomó personalmente las riendas, solo para comprobar que su mejor momento quedó anclado en el año 2000.

 

Esquemas anticuados. Incapacidad para motivar. Salto generacional entre veteranos que se borran y jóvenes que no terminan de cuajar. La defensa, como gato panza arriba, abandonada a su suerte, sin más recurso que la testiculina para evitar la humillación. Última en yardas permitidas. Última en 3ºs downs concedidos. La que más puntos encaja de media por partido. La peor contra la carrera, la penúltima contra el pase. No hay gato encerrado, las estadísticas hablan por sí solas.

 

Sólo la mecánica cuántica permite albergar alguna duda sobre la supervivencia del gato de Schrödinger. Con estos números, incluso sorprenden las 5 victorias. Con un ataque en desintegración y una defensa putrefacta, nuestro pobre gato está sentenciado.

 

El entierro del gato

Nadie cree a estas alturas que haya esperanzas de revertir la situación. La afición se ha desencantado. Los jugadores no confían ni en su QB de circunstancias ni en milagrosas resurrecciones defensivas. Los entrenadores recelan del recién llegado Hue Jackson como si su aterrizaje fuese un signo de mal agüero.

 

Marvin Lewis es un entrenador con siete vidas, pero esta vez creo que ya ha consumido todas. No hay que buscar 3 pies al gato, la solución pasa por su dimisión. Ha perdido el vestuario, ya nadie le toma en serio. Si alguna vez tuvo algo de talento, hace tiempo que le abandonaron las musas. Despidamos a nuestro amigo felino con honores. Banda de música, coronas de flores, una calle con su nombre si es necesario. Es lo único que podemos hacer ya por él. Descanse en paz.

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